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Duelo por COVID-19: manejo en niños y niñas (IV)

Psicología para tu vida

#PsicologíaParaTuVida en una cuarta entrega con el tema del manejo del duelo en niños y niñas, considerando la etapa de su desarrollo, en esta ocasión, los/las preadolescentes. Como en secciones anteriores, trataremos, no solo los comportamientos normales, sino los signos de alarma y cómo ayudar ante la manifestación de estas conductas.

La muerte en los/las preadolescentes: de los 10 a los 12 años

La muerte para los/las preadolescentes no es un misterio, comprenden todas sus dimensiones y componentes, entienden que los muertos no van a volver y que no los verán más. Por lo tanto, comprenden la irreversibilidad, saben que cualquiera puede morir y que, antes o después, la muerte le llega a cada persona, incluido ellos, así que entienden la universalidad de la misma.

Los/las preadolescentes saben que las funciones vitales se interrumpen completamente, son conscientes de que esa interrupción es absoluta y que los sentidos no se mantienen tras el fallecimiento. También conocen los aspectos causantes de la muerte: las causas que provocan la muerte y a qué órganos afectan principalmente.

Los ritos funerarios tampoco suponen un secreto para ellos/ellas, entienden tanto su significado, como el sentido de participar en los mismos, así que lo habitual es que soliciten participar en ellos.

De hecho, es muy importante que puedan formar parte de las despedidas y
de los rituales. No hay que considerarlos meros espectadores, sino agentes activos. Es
bueno que pidamos su opinión y tengamos en cuenta sus sugerencias en esos momentos. También podemos darles un papel algo más activo en los ritos si se sienten cómodos.

Al ser conscientes del impacto en su entorno y del dolor que causa el fallecimiento de un ser querido, es habitual que, en ocasiones, utilicen este tema como punta de lanza, para intentar manipular distintas situaciones: “ojalá me muera, no merece la pena vivir en esta casa”; “si me hubiera muerto, te hubieras arrepentido de castigarme”

Uno de los aspectos que les genera más dudas o incertidumbre en esta etapa son las
creencias religiosas o culturales que le han inculcado o comparte con la familia. Es habitual que los y las preadolescentes comiencen a mostrar razonamientos críticos
y a sentirse escépticos a creencias que antes aceptaban sin cuestionárselas.

Al tratar de tener certeza de temas muy complejos, es habitual que la/el preadolescente pregunte por el cielo, creencias de otras culturas, la resurrección, aspectos australes, al aura, etc. Y también es normal que se produzcan situaciones incómodas tras una tanda de preguntas filosóficas, a las que resulta difícil dar respuesta.

La capacidad de la/el menor le permite fantasear e imaginar situaciones futuras relacionadas con la muerte, con la posibilidad de anticipar los cambios o la forma en que podría afectarle una muerte. Puede especular sobre las distintas situaciones que sucederán tras el fallecimiento y, por tanto, valorar aspectos económicos, sociales, familiares, educativos, laborales. Es capaz de entender la muerte, en todas sus dimensiones, y proyectar las consecuencias de esta a corto, mediano y largo plazo.

Esa capacidad de fantasear permite a los/las preadolescentes imaginarse su propia muerte y valorar las consecuencias y el impacto que esta tendría. Por primera vez puede fantasear con su muerte: imaginan quién les lloraría, quién les echaría de menos, cómo se sentirían sus padres, su familia, sus compañeros de escuela.

Lo normal es que la idea de su propia muerte les angustie, pero también es habitual que muestren cierta reticencia a compartir esas fantasías y preocupaciones con los adultos, lo que complica el diálogo a estas edades. Además, podrían encontrarse ante una opinión adulta que menosprecie esas ideas y eso es algo de lo que habitualmente huyen.

Aunque el/la menor entiende todas las dimensiones y puede proyectar en el futuro las
distintas consecuencias que tendrá la pérdida, esto no significa que  
experiencias y habilidades para afrontar el fallecimiento de un ser querido.

A esta edad los sentimientos se convierten en algo difícil de vivir, manifestar y afrontar. Es una etapa en la que los niños y las niñas son muy vulnerables y creen que las emociones pueden ser una muestra de debilidad. Temen ser diferentes al resto y pasar a ser objeto de burla o a ser cuestionados por sus sentimientos, así que es frecuente que tiendan a ocultar ante sus iguales, las emociones asociadas al duelo, por temor a ser juzgados.

¿Qué cosas son normales y cuáles debemos considerar signos de alarma?:

Es habitual es que nos encontremos con:

A esta edad la muerte es de vital importancia y los procesos de duelo no deben pasar desapercibidos, sino al contrario: debemos estar atentos a las cosas que el menor vaya a experimentar y sentir en esta etapa.

  1. Lo normal es que el/ella experimente dificultad para asumir la realidad de la muerte, como negativa a aceptar este hecho.
  2. Encontraremos hábitos de comprobación de la realidad: conversaciones imaginarias con la persona fallecida, ensoñaciones en las que se mantiene viva a esta, escuchar música común, releer mensajes, comprobar si está conectada al teléfono o a las redes sociales, etc.
  3. El/la preadolescente muestra cierta reticencia a hablar de la pérdida
    o a mantener una conversación larga sobre el tema con un adulto. Tienden a evitarlo
    por temor a mostrar su vulnerabilidad y, también, por miedo a dañar a los adultos de su entorno, al hacerles partícipes de su tristeza.
  4. Pueden manifestar cierto interés morboso sobre la muerte y es posible que
    hagan muchas preguntas sobre los detalles de la muerte para tener una idea exacta
    de todo.
  5. Por otro lado, debido a la tendencia a la evitación que mencionábamos antes
    también pueden mostrar mucho hermetismo y negación al abordar el tema.
  6. Es la primera vez que los/las menores pueden fantasear acerca de su muerte, y a veces puede parecer que existe una planificación del hecho en sí, que en alguno de sus comentarios haya una intención suicida. De hecho, es el primer momento en el que puede aparecer de manera consciente la ideación suicida.
  7. Puede bajar el rendimiento académico y aparecer la falta de concentración,
    porque el preadolescente emplea parte de su concentración en resolver su duelo.
    Normalmente suele ser una etapa en el estudio y pasa en un periodo corto de tiempo,
    pero al principio es normal. Adaptarse a la nueva situación es complicado y requiere de un esfuerzo adicional que repercute en otras actividades cotidianas.
  8. Estado de tristeza y de cierta desesperación ante la pérdida de un ser querido, que suele unirse a cierta apatía o desgano por las cosas y los eventos
    sociales, al principio cuesta adaptarse a ser distinto y a la nueva situación.
  9. Es común que el/la menor desarrolle actitudes que responden a frases hechas, como, por ejemplo: “tienes que dar el ejemplo”, “tu madre te necesita más que nunca”, “tienes que mostrarte tranquila y serena, ahora eres la mujer de la casa”, y otras ideas inadecuadas. Por eso, a menudo responden a lo que se les reclama con actitudes más propias de un rol que no les corresponde.
  10. Muchos sentimientos que encontraremos en la/el menor son comunes a las reacciones de duelo en los adultos (añoranza, desesperanza, tristeza, apatía, pérdida de interés). También aparece quizá, por primera vez, el pensamiento de que la vida no tiene sentido, o de que es mucho el sufrimiento por el que uno tiene que pasar, que la vida ha dejado de merecer la pena.
  11. Pueden sentirse abrumados/as y/o atosigados/as, lo que provocará que se cierren a la comunicación, o a la expresión con sus iguales o con aquellos adultos que traten de acercarse habitualmente.

Signos de alarma:

Casi todas las cosas que deben preocuparnos y ponernos en alerta no
son más que aquellas reacciones de duelo que, pudiendo ser normales, impiden que
la/el preadolescente se reincorpore a las actividades cotidianas que mantenía antes del
fallecimiento:

  1. Incapacidad para reintegrarse al aula con sus compañeros.
  2. Aislamiento social extremo elegido: se siente distinto y no quiere juntarse con los demás porque cree que no le van a entender.
  3. Baja significativamente el rendimiento académico, que se puede traducir en repetir el curso o suspensos recurrentes cuando previamente el/ella iba bien.
  4. Somatizaciones y/o sintomatología médica: dolores de cabeza recurrentes, dolores abdominales, vómitos, dolores musculares que no tienen una explicación médica.
  5. Incapacidad para dormir, ya sea para conciliar el sueño o para mantenerlo.
  6. Aislamiento familiar y hermetismo.
  7. Insensibilidad emocional: apenas es capaz de expresar las emociones asociadas a la muerte.
  8. Tristeza extrema persistente que incapacita o influye negativamente en otras áreas vitales.
  9. Excesiva responsabilidad o colaboración tras el fallecimiento

¿Cómo podemos ayudarles?

  1. Se debe respetar su silencio si son reacios a hablar y buscar otro momento
    más propicio.
  2. Debemos dotarles de toda la seguridad que podamos garantizarle en esos momentos.
  3. Suele ayudarles el hecho de conocer otras situaciones y experiencias
    similares.
  4. Hay que evitar decirles cosas que los coloquen en una situación de responsabilidad o le lleven a asumir roles que no le corresponden.
  5. Las emociones extremas, las reacciones persistentes, la incapacidad
    para retomar su vida, el aislamiento, las somatizaciones y los cambios de conducta extremos deben ser vigilados y, llegado el caso, consultados con
    un especialista

Esperamos que la sección de hoy te sirva para acompañar a nuestros niños y niñas en estos momentos difíciles, pero inherentes a la vida. Contribuir a la salud mental de todos y todas es nuestra meta. Síguenos en la próxima sección de #PsicologíaParaTuVida, donde continuaremos tratando las características del proceso de duelo, en los y las adolescentes.

Adaptado de:

Hablemos de duelo: manual práctico para abordar la muerte con niños y adolescentes. De Patricia Díaz Seaone, publicado por Fundación Mario Losantos del Campo. (FMLC), octubre 2016.

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