#PsicologíaParaTuVida continúa en esta entrega con la serie que trata la temática el manejo del duelo en niños y niñas, teniendo en cuenta cada etapa del
desarrollo. La primera infancia y la edad preescolar serán tratadas en la sección de hoy, para continuar con otras edades, hasta la adolescencia, en secciones posteriores. Compartiremos no solo los aspectos normales, sino los signos
de alarma y cómo ayudar ante la manifestación de estas conductas y manifestaciones.
Hay que entender, primeramente, que la reacción ante la muerte en los niños y niñas no ocurre de manera lineal, depende de una serie de factores como su desarrollo emocional, el entorno, la red de recursos de los que disponga, el
desarrollo cognitivo, el tipo de muerte que afronta, las experiencias previas o la información que haya ido recibiendo, la edad, el estilo de comunicación y otras muchas cosas directamente relacionadas con su entorno o desarrollo
LA MUERTE EN LA PRIMERA INFANCIA: DEL BEBÉ AL NIÑO
DE 2 AÑOS:
En esta etapa no hay una comprensión de la muerte, sino que hay una
percepción de ausencia que se produce desde el momento en que el bebé puede
percibir la desaparición de una figura con la que haya estado habitualmente en contacto, que haya formado parte de su día a día de manera regular, es decir: que se dé la permanencia de objeto. Es necesario que el bebé haya establecido un vínculo para que se dé ese duelo asociado a la ausencia.
Lo más frecuente es que sea la muerte de la madre, el padre, o las figuras más cercanas, que estén más presentes en su crianza, las que cobren una mayor importancia
Aunque no haya una comprensión exacta de la muerte, lo que sí hay es una percepción de ausencia y lo más importante: los niños son conscientes del impacto que tiene la pérdida en sus rutinas.
Es habitual que un bebé se niegue a comer, a que lo bañen, a que lo mezan, si la que lo hacía era la persona fallecida. Es su manera de intentar que la persona que lo atendía regrese junto a él y se haga cargo de su cuidado como antes.
A medida que el niño se va acercando a los dos años, hay una evolución de la memoria, la autonomía, la socialización y el lenguaje, y las reacciones son más intensas, ya no solo se percibe la ausencia, sino que aparece el temor a que el objeto querido no vuelva. El bebé puede tener conductas de búsqueda mucho más llamativas, para asegurarse de que la persona fallecida regresa o, por el contrario, de que no hay nada que pueda hacer para que vuelva. La expresión no es sólo desde la emoción, sino que puede ser verbal.
Otra de las cosas que capta el niño a esta edad son los estados de ánimo. Por tanto, una parte de lo que comprenda del duelo estará determinada por el estado emocional de las personas que lo rodean y lo cuidan.
¿Qué cosas son normales y cuáles debemos considerar signos de alarma?:
Es habitual que, tras una muerte significativa, manifiesten:
1. Irritabilidad, normalmente en forma de llantos o protestas. A medida que van
creciendo se vuelven “ñoños”.
2. Problemas con la alimentación: lo más frecuente es una negativa a comer, que a
menudo es un intento desesperado de que vuelva la persona que le daba de comer
de manera habitual.
3. Alteraciones en el sueño y en la vigilia: duermen menos, o bien cambian su patrón de sueño, o están más apagados y duermen más.
4. Regresiones: vuelven a chuparse el dedo, piden el biberón, si empezaban a controlar sus esfínters, muestran problemas, duermen con las figuras de apego o no quieren dormir solos…
Los signos de alarma que deben preocuparnos en esta edad son:
1. Negativa a comer que se prolonga en el tiempo y genera una pérdida significativa de peso.
2. Llantos constantes que no cesan, exagerados, el niño parece inconsolable.
3. Incapacidad para participar en las rutinas compartidas con otros adultos: nos
encontramos un bebé muy apático, inapetente, desmotivado, que no muestra
curiosidad por nada.
4. –Insomnio prolongado o una alteración significativa del patrón sueño-vigilia, que no es capaz de recuperar ni de normalizar.
5. –Incapacidad para realizar aquellas cosas que ya realizaban de forma autónoma: no duermen en su cama, dejan la luz encendida, no quieren dejar el teto o chupete.
¿Cómo podemos ayudarles?
1. Manteniendo las rutinas del bebé.
2. Garantizando un cuidado extra.
3. Hablándole de lo que sentimos, “aunque no lo entienda”.
4. Mostrando paciencia ante las regresiones.
5. Sustituyendo al cuidador principal, si su muerte se puede anticipar.
LOS PREESCOLARES: DE LOS 3 A LOS 6 AÑOS
A esta edad los niños conciben la muerte como algo temporal y reversible. En ocasiones, creen que la persona está durmiendo, sumida en un sueño, y piensan que puede despertar de ese estado en algún momento. También creen que es reversible, que la persona está en algún lugar que escapa a su comprensión, pero que puede volver, equiparan la muerte a un sueño o a un viaje.
Es una edad en la que prima la fantasía y los menores no entienden que las funciones
vitales básicas se han interrumpido. Por tanto, piensan que la persona fallecida vive de
algún modo, y puede comer, sentir frío o calor, oír, hablar, pensar y mirarnos desde donde se encuentre.
Es una etapa en la que el egocentrismo domina la comprensión de las cosas, por ese
motivo creen que éstas suceden a su antojo y están ligadas a ellos. Es posible que en este periodo haya momentos en los que los menores piensen que la muerte es contagiosa, pero es debido al pensamiento mágico y a la subjetividad.
En esta etapa preescolar aparece la sensación de eternidad, es decir: no entienden la
universalidad de la muerte, piensan que las personas a las que quieren y ellos mismos
siempre estarán vivos, si bien la muerte es válida para determinadas personas, así que para ellos no existe completamente la universalidad de la muerte.
Es una etapa en la que hay mucha curiosidad: el niño se hace muchas preguntas para así poder construir el mundo y los conceptos que tienen que manejar. Si hacemos memoria, es la época de los “¿Por qué?”, por lo que difícilmente su curiosidad va a quedar saciada y nos someterán a un interrogatorio acerca de aspectos relacionados con la muerte.
Aunque muchas de estas interrogantes nos resulten incómodas, incluso, no sepamos qué contestar, también nos permitirán abrir un diálogo con el niño y saber qué aspectos maneja sobre la muerte y cuáles no.
¿Qué cosas son normales y cuáles debemos considerar signos de alarma?:
Es habitual que, tras un fallecimiento, manifiesten:
1. Confusión con los términos y los acontecimientos, con el concepto de muerte,
2. Conductas para comprobar la realidad de la muerte, como una negativa a comer a
para ver si viene el fallecido a alimentarle, rabietas que buscan que el difunto le consuele, mal comportamiento, tratando de provocar la reacción del fallecido,
3. Ansiedad de separación: les va a costar mucho separarse de las personas que quieren, o de las figuras de apego porque temen que se produzcan otras muertes,
4. Cierta regresión en sus conductas o en los hábitos adquiridos: pueden dejar de
dormir solos, manifiestan, de nuevo, problemas para el control de sus esfínteres, y piden ayuda para hacer cosas que antes hacían solos,
5. Pesadillas, sueño interrumpido y problemas ligados al sueño.
6. Miedos, en especial aquellos relacionados con otras pérdidas y con enfermedades.
Aquellas cosas que nos deben mantener alerta o que debemos considerar importantes son:
1. Ansiedad de separación que no cesa, que produce al menor incapacidad para
reintegrarse a las actividades cotidianas propias de su edad.
2. Miedos incapacitantes, terror ante cosas cotidianas que antes no le generaban esas
reacciones.
3. Pesadillas recurrentes que antes no se presentaban, el niño comienza a soñar, con frecuencia, cosas que le aterran.
4. Síntomas depresivos como apatía, tristeza profunda, negativa a iniciar actividades agradables.
5. Negativa a comer, pérdida de peso significativa, debido a que no desea ser alimentado, come menos o se muestra desganado.
¿Cómo les ayudamos?
1.Respondiendo a sus preguntas de manera honesta.
2. Garantizándoles el cuidado, que nunca van a quedarse solos o desatendidos.
3. Proporcionándoles seguridad en los distintos ambientes o situaciones en los que vivan.
4. Evitando metáforas que compliquen la explicación de la muerte.
5. Usando un lenguaje adecuado y sencillo para explicar los conceptos relacionados
con la muerte.
6. Usando recursos para afianzar el entendimiento de la muerte como películas, cuentos, dibujos, etc.
7. Utilizando ejemplos de la naturaleza que estén a su alcance.
8. Hablándoles de la muerte, aunque no haya sucedido.
9. Tranquilizando, poco a poco, y con cariño, las conductas dependientes y de apego inseguro que vayan apareciendo.
10. Hablando de nuestros sentimientos.
11. Mostrando nuestras emociones y sentimientos.
12. Ayudando a recolocar al fallecido con ejemplos de actividades, cosas, recuerdos que hayan podido vivir.
Esperamos que la sección de hoy te sirva para acompañar a nuestros niños y niñas y contribuir a su salud mental. Síguenos en la próxima sección de #PsicologíaParaTuVida, donde continuaremos tratando las características del proceso de duelo, según diferentes etapas del desarrollo infantil.
Adaptado de:
Hablemos de duelo: manual práctico para abordar la muerte con niños y adolescentes. De Patricia Díaz Seaone, publicado por Fundación Mario Losantos del Campo. (FMLC), octubre 2016.