El pensamiento martiano constituye por sí mismo y en su esencia creadora y universal el más, o para no caer en absolutos imprudentes, uno de los pensamientos más dúctiles y profundamente cimentados sobre la aguda interpretación del entorno y los diferentes contextos en los cuales se desplazó su creador.
Existen puntos claves de ese pensamiento que, si no son comprendidos, no puede ser entendida la multiplicidad de José Martí, en su doble dimensión de hombre de incuestionable sagacidad intelectual y militancia totalmente despojada de anquilosamientos y disfuncionalidades. Piezas claves de esta construcción martiana se encuentran en su analítica manera de acercarse a los hombres y a los acontecimientos.

El pensamiento martiano está estructurado desde la propia logicidad con que su autor se acercó a todos los fenómenos de los cuales escribió, es causa y efecto de la llamada por algunos autores, cultura de la resistencia del pueblo cubano. La cultura cubana se forjó sobre recursos axiológicos condicionados precisamente por la resistencia. Es precisamente esta una de las aristas sobre las cuales Martí configuró y desarrolló su pensamiento de ruptura, pero al mismo tiempo, este no provocó los excesos en los cuales hubiese podido caer otro intelectual y militante comprometido con la emancipación cubana . Martí siempre supo dialogar aun cuando las condiciones y el contexto estuviesen del todo en su contra. La polémica y el análisis sosegado y bien discernido fueron herramientas perfeccionadas por él durante toda su corta vida.

Supo el maestro labrarse el respeto de los más conspicuos opositores y la admiración de los que abrazaron como él la causa emancipatoria cubana. No hubo odio en Martí ni palabra afrentosa, ni siquiera, contra lo más canallesco del integrismo español y cubano. Hubo sí, cólera perenne, de quien defendió desde todas las tribunas sus ideas de libertad y profunda justicia social.
Ruptura y dialogicidad en el pensamiento de José Martí.
Es Martí un hombre consecuente con su pensamiento, y su praxis intelectual y política estuvo siempre marcada por las bases y los principios axiológicos que lo movieron durante su vida.

Entre los pilares básicos sobre los cuales se erigieron su impronta como intelectual y militante activo por la emancipación cubana estuvo su amor por la libertad, en el amplio concepto que para él tuvo dicha palabra.
Es Martí intransigente cuando de patria se habla y se dice y su prosa se ilumina en el altar de los defensores de Cuba. Su pluma se blande y con denuedo, se lanza pródiga y virtuosa contra detractores y espurios que desde púlpitos metropolitanos y de malos cubanos intentaron mancillar lo más sagrado del ideario martiano, la patria.
No hay, ni siquiera cuando escribió de arte, momento en que Martí no tuviese a las necesidades de Cuba como elemento importante de su escritura y su labor como periodista o como intelectual.

Para Martí no había sino una sola salida a la situación cubana, la total e inmediata independencia. Su profunda convicción emanada del liberalismo tendrá momentos de posteriores superaciones. Aunque las convicciones liberales martianas no dejan de tener puntos confluentes con sus congéneres europeos y americanos, sus pilares fundamentales no están en el reservorio eurocéntrico o de la América anglosajona, aunque estos constituyen referentes incuestionables en el pensamiento de Martí. Es aspiración máxima martiana, la República, pero no basta para Martí una República llena de instituciones y de bases democráticas. Quiere Martí una República inclusiva, divergente, pero sobre todo construida por sus propios hijos, sobre el fiero combate y la tenaz resistencia de su gente, no porque el cubano fuese amante de lo belicoso o cruel, sino porque la miopía del poder hispano así lo propició. Es por ello que para Martí el inicio de nuestras guerras por la independencia y el deseo de los cubanos de alcanzar su plena República al mismo tiempo, había sellado de manera definitiva el curso de las relaciones entre Cuba y España. En su conocido opúsculo La República española ante la Revolución cubana, publicado en 1873, Martí esclarece su posición al respecto cuando declara:
(…) Ella ha querido que España respete su voluntad, que es la voluntad cubana que quiere lo mismo que ella quiere, pero lo quiere sola, porque sola ha estado para pedirlo, porque sola ha perdido sus hijos muy amados, porque nadie ha tenido el valor de defenderla, porque entiende a cuanto alcanza su vitalidad, porque sabe que una guerra llena de detalles espantosos ha de ser siempre lazo sangriento, porque no puede amar a los que la han tratado sin compasión, porque sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se levantan edificios de cordialidad y de paz.- No la invoquen los que la hollaron.- No quieran paz sangrienta los que saben que lo ha de ser .
Para Martí su independentismo no parte de un sentimiento claramente definido sino de las propias circunstancias históricas que a partir del contexto cubano definirán la solución adoptada por los propios cubanos a sus problemas coloniales. No es idealista Martí, todo lo contrario, su militancia está amparada en el análisis acucioso y esmerado de la realidad cubana. Nadie como él para entender la esencia de las necesidades de la sociedad insular y las vías para llegar a posibles soluciones.

El alto grado que concede Martí al hecho Republicano español lo lleva a analizar las propias incongruencias de la naciente República surgida de los acontecimientos de 1868. Así lo expresará en una serie importantísima de artículos aparecidos en la prensa española, aquí referenciados algunos de ellos.
Cómo puede, se pregunta el apóstol, una República con todos los atributos que la deben caracterizar, ahogar en sangre y lucha, los intentos de un pueblo por lograr los mismos derechos por los cuales aquella luchó. Para Martí esto constituía una limitación y una disyuntiva de la República española. Esta se debatía en sus propias contradicciones internas y su percepción de lo que debía hacerse con las colonias ultramarinas no es más que parte de esas contradicciones que, además, en el caso de Cuba, pasaban por la encarnizada oposición de los grupos de poder vinculados a la revolución a una posible solución que tuviera no la independencia como fin sino ni siquiera la concesión de un estatus de autonomía.
Ante está encarnizada oposición a conceder la independencia a los cubanos, Martí escribiría que:
(…) ¿No impone el sistema republicano, el sistema del respeto a las decisiones de sufragio, deberes al gobierno en la cuestión de Cuba, deber de reparar males pasados?- Traidor a la República será el gobierno, traidor al sentimiento de humanidad, traidor a la dignidad y a la honradez, si no cumple todos los deberes que el sistema de la República le impone.
Para José Martí la independencia era cuestión de tiempo y no había otra posibilidad para España que aceptar la realidad de un país envuelto en la justa destrucción de su riqueza por el deseo de sus hijos de alcanzar la total liberación nacional.
Más y aunque Martí no comulga de ninguna manera y no existe para él otra posibilidad de diálogo con España en cuanto a los destinos de Cuba que no sea su definitiva independencia. No deja Martí de reconocer en los hombres y los procesos contrarios a este ideal lo bueno y noble que en ellos hubiese, siempre y cuando sangre cubana no se hubiera derramado o la crueldad no se hubiese enseñoreado de las circunstancias y los hombres.