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Sigo orgulloso de mi gente

Por MSc. Manuel Alberto Leyva Estupiñán (Decano de la Facultad de Ciencias Sociales)

Hace un tiempo atrás, comenzaba a hablarse con fuerza sobre los vínculos Universidad-sociedad. Talleres, reuniones y firma de convenios, eran muestras visibles del avance, del aporte de la Universidad de Holguín al territorio, no sólo al sector empresarial, también al presupuestado, al crecimiento espiritual de la sociedad.

Llegó el coronavirus y la vida del país cambió. Se pidieron voluntarios. La pandemia acechaba; invisible, con su carga de silencio, de dolor, de muerte. Y los pasillos donde días atrás había bullicio, risas, besos no tan escondidos, hoy están desiertos.

Directivos, profesores, trabajadores, juntan sus esfuerzos, como uno sólo. No hay cargos, ni rangos, no hay doctores ni iletrados, sólo hay cubanos. Y la Universidad de Holguín siguió aportando a la sociedad. Seguimos fumigando, cuando otros se quedaban en sus casas.

Y los cubanos que trabajan en ella comenzaron a ir, como voluntarios, a enfrentarse al enemigo invisible.

Miedo, temor, dudas. Muchas. Y el miedo penetra la piel, carcome los huesos, hace dudar. Y en nuestras cabezas se entremezclan los deseos de ir, de cumplir con la humanidad, con la vida ,con los deseos de quedarse, de permanecer seguros en las casas, y el miedo a contagiar a nuestros pequeños, a nuestros retoños, a nuestros viejos, los que nos dieron la vida ,es muy fuerte. Más fuerte que el miedo por nuestras vidas.

Pero una Revolución es una obra de infinito amor, patria es humanidad.

El verdadero revolucionario siente como suyo el dolor de cualquier ser humano en cualquier lugar del mundo. Parece que se nos metió muy dentro en el alma aquel lema de la primaria de que seríamos como el Che. Y allá nos fuimos como voluntarios. El miedo lo escondemos con las bromas.

Los primeros aislados venían de lejos, muchos desde el norte. Algunos hablaban mal de mi Cuba, de su sistema. Cuestionaban. Otros no, la mayoría.

Al paso de los días, en que se les limpiaba sus locales, se daba la comida, se fue creando una nueva relación. Detrás de batas, guantes y nasobucos aparecían las gracias. La sonrisa, el gesto agradecido eran el mejor premio.

El día en que se hicieron los primeros test rápidos había mucha tensión. Cada resultado negativo sacaba un aplauso, duro, sentido. Maravilloso.

Y ahora van a sus hogares. Sanos, atendidos, agradecidos.

La pandemia avanza por mi Cubita la bella. Duele ver la irresponsabilidad en la calle cuando se recuerda el miedo en la piel, en cada conducta irresponsable ya veo un futuro aislado, un futuro contacto, una posibilidad de contagio, de muerte.

Hoy tres de las cuatro sedes de mi Universidad de Holguín acogen aislados, contactos…

Sigo orgulloso de mi gente, mis profes, mis trabajadores.

Y pediría a todos que se queden en sus casas. No sabemos cuando terminará. Pero estoy seguro que haremos todo lo posible e imposible por salvar vidas. Es un nuevo vínculo Universidad-sociedad el que se ha formado, dónde más que desde la ciencia, se está aportando desde el corazón.

Y a mis estudiantes extraordinarios les pedimos que se cuiden, todo tiene solución, lo que no quiero, es que al volvernos a encontrar, en nuestras aulas, aquellas que están por la Celia, llegando al Comando 25, pasemos lista y haya una silla vacía….

Eso no.

Ese miedo, ese dolor , no podremos vencerlo.

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