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Mi experiencia en las artes expresivas durante la carrera de Psicología

Psicología para tu vida

Por Rebeca Ramírez Guerra / Estudiante de Psicología

Mi paso por las artes expresivas ha sido una de las experiencias más significativas y enriquecedoras que he vivido a lo largo de mi formación en la carrera de Psicología. Al inicio, mi acercamiento a esta área fue casi accidental. Un día me preguntaron si quería participar en unas sesiones grupales en las que se trabajarían las artes expresivas en transición. Acepté la invitación con un conocimiento muy escaso sobre el tema, sin imaginar el impacto tan profundo que tendría en mi desarrollo personal y emocional.

Vivimos en un mundo cada vez más acelerado, tecnológico y orientado a la productividad, donde se prioriza el cumplimiento de metas, el rendimiento académico y laboral, y la eficiencia constante. En este contexto, las artes expresivas suelen quedar relegadas a un segundo plano, considerándose un lujo, un pasatiempo o una actividad sin mayor relevancia. Sin embargo, disciplinas como la música, la danza, el teatro, la pintura, la escritura creativa y otras formas de expresión artística cumplen un papel fundamental en el desarrollo integral del ser humano, especialmente en el ámbito emocional y psicológico.

Durante las sesiones de artes expresivas, en el grupo que estuvo bajo la profesora MSc. Lisbet Almaguer Sao, se nos brindó un espacio seguro y libre de juicios para expresar emociones que, en muchas ocasiones, resultan difíciles de comunicar a través de las palabras.

A través del cuerpo, el movimiento, el sonido, el silencio o incluso la quietud, logramos expresar sentimientos como la alegría, la tristeza, el enojo, el miedo y la esperanza de manera simbólica y creativa. Esta forma de expresión no verbal permitió conectar con aspectos internos que muchas veces permanecen ocultos o reprimidos en la vida cotidiana.

El uso del arte como medio de expresión contribuyó significativamente a nuestro bienestar emocional. Nos ayudó a liberar tensiones acumuladas, reducir el estrés y tomar conciencia de nuestras emociones, lo cual es fundamental para prevenir problemáticas como la ansiedad o la depresión.

En este sentido, las artes expresivas funcionaron como una herramienta terapéutica que favoreció el autoconocimiento, la autorregulación emocional y una mayor comprensión de nosotros mismos. A través de cada actividad, aprendimos a escuchar nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestras necesidades internas.

En lo personal, una de las experiencias más significativas fue cuando me identifiqué simbólicamente con un árbol grande. Este árbol tenía un tronco ancho y fuerte, hojas verdes abundantes y raíces largas que se extendían profundamente bajo la tierra. Alrededor del árbol había una cinta brillante de colores que lo envolvía. Para mí, este símbolo representó fortaleza, crecimiento, estabilidad y conexión con mis raíces, así como la importancia de la protección y la energía positiva que me rodea. Esta actividad me permitió reflexionar sobre mi identidad, mis recursos internos y el momento de vida en el que me encuentro.

De igual manera, mis compañeros se identificaron con diferentes figuras simbólicas, como un delfín, un águila, un gato, entre otros animales. Cada representación reflejaba aspectos de su personalidad, emociones o procesos personales. Escuchar y observar estas expresiones fomentó la empatía, ya que nos permitió comprender las vivencias y perspectivas de los demás desde un lugar más humano y sensible. Además, estas prácticas fortalecieron el trabajo en equipo y la comunicación dentro del grupo. Aprendimos a respetar la diversidad emocional, cultural y personal de cada integrante, reconociendo que no existe una sola forma correcta de sentir o expresarse. La práctica de las artes expresivas nos ayudaron a crear vínculos más sólidos, basados en la confianza, el respeto y la escucha activa.

No solo enriquecieron mi formación académica como estudiante de Psicología, sino también contribuyeron, de manera profunda, a mi crecimiento personal. Esta experiencia me permitió comprender el valor del arte como herramienta terapéutica y de intervención psicológica, así como su importancia en la promoción de la salud mental. Sin duda, considero que las artes expresivas deberían tener un lugar más relevante dentro de la formación profesional, ya que nos enseñan a conectar con nuestra esencia, nuestras emociones y con los demás de una manera auténtica y transformadora.

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